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Devorar sombras para generar visivilidad: el trabajo artístico de Julia Masvernat (*)

Isabel Plante

"Cuando las cosas permanecen mucho tiempo en el mismo lugar, se hacen invisibles"

Estas son palabras escritas por la misma Julia en su libreta de notas, y basta verla imprimir serigrafías rapidito y sin parar para sospechar que para ella el movimiento es una condición de lo visible. No se trata solo de que la tinta serigráfica se seca rápido. La perfección técnica no anima su trabajo, pero tampoco lo hace un estado contemplativo. La heterogeneidad de la producción visual de Julia Masvernat, de la que esta exposición da cuenta a conciencia, tiene una continuidad clara en la persistencia de cierto aspecto gráfico ligado a su formación y su trabajo profesional como diseñadora. Pero junto con esa particular visualidad colorida, sintética y atractiva, o tal vez en su corazón productivo, parece haber una concepción dinámica del trabajo artístico. Ese dinamismo, que no siempre se traduce en movimiento, aparece como factor compartido por las producciones que ocupan cada una de las tres salas de la galería. Este texto podría hacer un recorrido basado en la figura de la sombra, pues ese motivo aparece tanto en la instalación interactiva visual y sonora que da nombre a la exposición, como en la nueva serie de serigrafías en negro, y en la traducción a video de una obra de teatro de sombras que se proyecta en esta ocasión. Pero veamos qué ocurre si seguimos el hilo de la pulsión de hacer, la parte del ‘devorador’ (devorar es algo más que comer o incorporar).

El Devorador de luz (2012) toma su nombre de un texto de Alexander Kluge sobre la fallida cámara solar Júpiter, un dispositivo de captura fotográfica de imagen desarrollado por Thomas Edison a mediados del siglo XIX para registrar un eclipse solar. Tras remarcar que lo más importante del invento fue el mecanismo del diafragma, que permite regular la entrada de luz, Kluge llama “devorador de luz” a este aparato de tamaño colosal que se orientaba hacia el sol durante horas para lograr la secuencia completa. La instalación interactiva que Julia desarrolló en colaboración con Milton Laufer es probablemente la primera de una serie. Se sitúa desde su título y dispositivo en la tradición de la fotografía (Milton y Julia la llaman kinegrafía). Pero utiliza tecnología digital y no analógica, no registra la luz sino que detecta las sombras de todo aquel que se mueva delante de la proyección. Ese impacto de la sombra en movimiento va recortando, una a una, las capas de color-luz y dispara sonidos diseñados por el dúo que integran Jerónimo Escajal y Diego Posadas: Dos peces rojos. A su vez, esas capas de color también se van regenerando y el volumen de los sonidos varía según la persistencia del movimiento, de modo que imagen y audio están en continuo cambio. Para permanecer visible en la pared, entonces, no hay que quedarse quieto. En Devorador de luz se pueden reconocer los sound-toys anteriores de Julia. Conserva algo del lenguaje gráfico y continúa ese espíritu lúdico. Pero la distancia que media, en esos trabajos realizados a partir de 2001, entre la mano que mueve el mouse y el ojo que mira la pantalla, aparece aquí suprimida: la cámara y la programación del dispositivo permiten que involucremos nuestro cuerpo. El juego abandona la iconografía geométrica. Consiste ahora, según lo explica la misma artista, en agujerear (o devorar) capas de color con la propia sombra.

La serie de serigrafías “Acoples visuales” incluye algunas de tamaño inusualmente grande para esta técnica de impresión, alrededor de dos metros y medio. Se trata de imágenes construidas a partir de una acumulación de capas impresas con colores traslúcidos. El uso de shablones de tamaño reducido le permite ir construyendo la composición en el momento de la impresión, al ubicar las diversas figuras más o menos geométricas sin demasiada planificación previa. Si bien no hay movimiento real, estas imágenes parecen ráfagas de tiras de colores. Ese dinamismo también se ve en la nueva serie de serigrafías que Julia muestra por primera vez. En este caso, el despliegue cromático es bien
restringido. Solo un color para cada serigrafía, dado por el papel sobre el cual se delinea, en negro pleno, una figura humana (o mejor dicho, piernas) que parece detenida en medio de su agitación. Así, aunque Julia incorpora la figura humana en estos nuevos trabajos, el efecto dinámico está en todas las serigrafías exhibidas (y no es ajeno al carácter ágil de la propia técnica serigráfica).

En la sala más pequeña se proyecta un trabajo elaborado en equipo, El fin del ser humano. La filmación de una obra de teatro de sombras realizada por Verónica Calfat, Juan Pablo Margenat, Julia Masvernat, Martín Pego y Alfonso Piantini, en base a un cuento escrito por chicos de 10 años. Una historia de zombies relatada por una voz infantil a partir de escenas y personajes calados en papel. La obra se concibió en el marco del proyecto “Al fondo de la montaña” que coordinó Marcela Sinclair en el Centro Cultural Nómade y reunió artistas visuales, alumnos una escuela primaria de Parque Patricios y escritores. Los recursos materiales y formales así como el repertorio de personajes de El fin del ser humano recuerdan otros trabajos recortados de Julia, cuyas sombras proyectó sobre paredes y telas en algunas exhibiciones. Pero quisiera señalar otra faceta del dinamismo de su trabajo, y no me refiero solo al recurso a la narración audiovisual sino también al gusto por el trabajo en colaboración. Trabajos como El fin del ser humano escapan a una definición estrecha del arte y fugan hacia producciones audiovisuales diversas, realizadas en colaboración con otros artistas o en grupos de composiciones diferentes, insertos a veces en la tarea docente, producciones que tienden a articular actores sociales diversos y salir del circuito más estrecho de las artes visuales. No se trata de un “gesto político” sino de un verdadero disfrute que no deja de tener un sesgo político interesante.

Devorar puede involucrar la nutrición, pero excede el comer. Devorar un libro es no poder parar de leerlo. Incorporar con ansia e interés. Si la quietud hace invisibles a las cosas, la pulsión que anima el devorador genera visibilidad. En la poética de Julia esa parece ser la demasía vital que dinamiza el trabajo artístico compartido, la generación y circulación diversificada de imágenes y producciones visuales.

 

(*) Texto escrito en relación a la muestra "Devorador de luz", realizada en la galería de Arte contemporáneo 713, durante diciembre de 2012, Ciudad de Buenos Aires.